"Las palabras más silenciosas son las que traen
la tempestad. Los pensamientos que se acercan
con pasos de paloma dirigen el mundo"
FEDERICO NIETZSCHE
la tempestad. Los pensamientos que se acercan
con pasos de paloma dirigen el mundo"
FEDERICO NIETZSCHE
Cuando
Federico Nietzsche volvió a ser niño en la alta noche de su locura,
sólo le confortaban la lectura de Spinoza y ciertos pasajes musicales
tocados por su madre al piano. Nunca fue la luz más hermosa que en
aquellas mañanas de invierno en la casa familiar de Weimar, mientras el
silencio le retiraba con su mano de agua la oscuridad del rostro. A
veces, la fiebre conquistaba su cuerpo y le venían imágenes y vivencias
anteriores a esta nueva infancia, de otro tiempo en que pensaba y
escribía con sangre, desde ese patíbulo en que se convirtió su vida y
ahora le hacía balbucear muy para adentro, inconscientemente: "Sí, ahora
y en la hora en que estamos todos como muertos, y el alma es sólo un
frío infinito que nos gangrena los labios".
A
la otra niñez, la oficial, también regresaba en ocasiones, sobre todo
al languidecer la tarde e incendiarse la hilera de cedros que se alzaban
sobre la cercana colina. Con el viento solía llegar la visión de su
padre, adusto clérigo protestante, poco antes de morir, y ese triste
olor nunca olvidado que exhalaba su cabello. Se asomó por vez primera al
horror y la soledad que alberga el protestantismo, todas las
religiones, en suma. Y nuevamente afloraban recuerdos inconexos:
"Elisabeth, hermana, sabrás que en Leipzig me masturbé frecuentemente";
"te aseguro que me gustaría creer, como el buen ladrón en la cruz, que
existe el paraíso"; "Cristo, Platón, la propia vida... ¿quién pisoteó la
belleza y la libertad de tantas flores?". Sin duda, había sangre de
camellos muertos por tanta carga en la travesía del desierto.
Porque
hubo un tiempo en que buscó el amor como una fiera solitaria, viajando
hacia la demencia con insinceros oficios de soberbia, a los que llamó
filosofía. Desollar la desesperación para sentirla en carne viva.
Simulacros de felicidad o música, en forma de mujer, llámese Lou Andreas
Salomé o, tal vez, Cósima Wagner. No importaban los países ni los
paisajes, siempre ese pensamiento salvaje insinuándose como una herida
en medio de la noche.
Mientras su madre lee el final de la Ética de Spinoza: Lo excelso es tan difícil como raro, una
sonrisa de águila danza en sus ojos lejanos. Nadie supo nunca nada,
pero el mundo había renacido semejante al sueño de un león.
Del
cadáver de este león y de su memoria, aventada la ceniza del
superhombre y la terrible idea del eterno retorno, surge un nuevo
comienzo, el sueño que realmente somos: hombres y mujeres, bellos pero
desvalidos ante la muerte. Porque no sólo soportan la soledad los dioses
y las bestias, sino también, y más enérgicamente, los filósofos y los
poetas, aquellos que han recuperado la sublime humildad de la infancia.
En
la claridad de su aposento, entra por la ventana el olor de la lluvia
igual que la lejana rosa de un recuerdo. Y Federico Nietzsche ve que al
final la salvación es ser de verdad niños, ese echar a volar las
doloridas palabras como si fueran renacidas y fulgentes aves. Que en el
cielo y en la tierra, cuando el dolor, la enfermedad, la injusticia y la
barbarie lo permitan, nos quede la feroz alegría que a todos nos
iguala. Porque somos todos lo mismo: cuerpos solitarios de niños que
hablan, callan y miran cómo cae incansablemente la nieve.
LUIS CARLOSYEPES
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